Proceso es el semanario político más influyente del país. Lo es a fuerza de perseverancia y vocación periodística desde hace 27 años, cuando los mecanismos de sujeción y control del viejo régimen y también ahora que México vive la ruta de consolidar su democracia. No hay publicación exenta de errores, pero las virtudes de Proceso son indudables y éstas pueden diluirse si mantiene los descuidos, las omisiones y las distorsiones informativas que han prevalecido desde hace cuatro meses a la fecha.

De marzo a la fecha, los planteamientos, sesgos y énfasis informativos de Proceso son similares a los de la estrategia política de López Obrador. Además de los ejemplos citados arriba, otro sugerente es cuando el 11 de abril la revista, en coincidencia con el jefe de gobierno del Distrito Federal, difundió con amplio despliegue el texto “Cómo se manipularon los videos del escándalo”. Es un trabajo del Canal 6 de julio que describe la supuesta manipulación técnica de los videos del escándalo. La nota de Gloria Leticia Díaz le confiere verosimilitud a la labor de la empresa dirigida por Carlos Mendoza, un aliado tradicional del PRD. Pero, sobre todo, el relieve noticioso omite la corrupción exhibida en franca contradicción con la tradición de denuncia que tiene Proceso en temas como ése.

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¿Embestida a Proceso?

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