Todos los días, durante año y medio, Jordi Soler (Veracruz, 1963) ex-locutor de Rock 101 y de Radioactivo 98.5, escuchó la Misa Bruselense de Heinrich Ignaz Franz von Biber mientras escribía Restos humanos (Mondadori). Esa música instrumental barroca, a veces espiritual, a veces heroica, comenzaba a sonar a las cinco de la madrugada, hora en que el escritor inicia sus jornadas de trabajo, y se detenía hacia el mediodía. Con ese fondo sonoro, su obsesión era crear una “trama típicamente hispana sobre la manera de entender o despreciar a Dios”: el recorrido de un predicador por el mercado o el burdel de un barrio, en cualquier sitio de la geografía iberoamericana.

Las páginas de Restos humanos son la bitácora de un periodista especializado en historias excéntricas que cuando comienza a seguir a ese “santo” sabe que está ante una gran historia. Y, como toda buena historia, las cosas se complican a media que pasa el tiempo y se adentra en un universo esperpéntico. “Me parece que en el fondo de esta novela está toda nuestra imaginería. Y, quizá por eso, me empeñé en utilizar una prosa nutrida de todas las formas de hablar español. Una prosa mestiza”, dice el autor en el restaurante de un hotel madrileño, donde lleva buena parte de la mañana recibiendo, uno tras otro, a los reporteros.

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Habla con soltura y no toca la cerveza y las patatas fritas que tiene enfrente, sobre la mesa. Detrás de sus delgadas gafas de pasta, Jordi Soler confiesa que quisiera tener más facilidad para escribir. “Es que a los escritores nos cuesta mucho. Más que a alguien que no se dedica a esto. Porque tenemos una hiperconciencia del lenguaje. A veces es una tortura sentarme a escribir. Es muy complicado lograr que la novela parezca ligera, con humor, como esta”.

Tan insólito como el protagonista es otro personaje. Se llama Childeberto, como un antiguo rey de los francos, y un día le pide al predicador que le guarde un tupper con un ojo humano dentro. “Siempre he tenido la inquietud de preguntarme por la tiranía de la mirada: los ojos siempre ven hacia afuera y sería muy valiosos que pudiéramos ver hacia adentro. A partir de eso nace Childeberto. Me interesaba crear un personaje al que se le iba el ojo. Yo tengo un tío al que le desaparece el ojo cuando se enfada. Le empieza a vibrar y, de pronto, se le queda en blanco. Pues ese rasgo siempre lo había querido utilizar y hasta ahora no pude hacerlo”.

No es la primera vez que Soler se ocupa de lo curioso y lo extravagante. En 2011 publicó Salvador Dalí y la más inquietante de las chicas ye-yé (Mondadori), un conjunto de hilarantes perfiles que incluía a gente como el gánster Al Capone o Lucía Zárate, “la enana mexicana más célebre de la historia”. “He notado que mi experiencia en el periodismo me ayuda muchísimo. Sobre todo ahora con Restos humanos. Pero soy un periodista defectuoso o hasta pésimo. Porque siempre tiendo a redondear o a hermosear la realidad o a llevarla hacia donde a mí me gustaría. Quizá por eso elegí a un periodista como narrador de esta novela. Porque es mi única oportunidad de ser un buen periodista”.

Junto a otros escritores como Eduardo Lago o Enrique Vila-Matas, Soler es un caballero miembro de la Orden del Finnegans, creada para venerar el Ulises de James Joyce. Cada 16 de junio, sin falta, acude a Dublín para leer algún fragmento (en español) de la novela y recorrer los sitios que le sirven de escenario. “Los caballeros vamos caminando con más seguridad por el mundo porque somos caballeros. Todo es bastante literario, pero luego tiene su tajada de realidad. Ahora vamos a publicar un libro que se llama Lo desorden, con relatos de la infancia de cada miembro de la orden. En mi texto cuento cómo mi hermano y yo éramos niños de la selva en Veracruz (México). Digo, pues, cómo ese niño de la selva acaba como un caballero que escribe libros. Porque la vida es así”.

Via: El Pais

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