Afortunados los lectores que gracias al premio Nobel de Literatura van a descubrir en las próximas semanas a Alice Munro. La escritora canadiense es la ganadora del premio de 2013, un fallo que todos aplaudirán por el valor de su obra, por las imágenes inolvidables que regalan sus cuentos y por su conmovedora historia personal.

Munro (Wingham, Ontario, 1931), es una chica de pueblo, de infancia claustrofóbica, en un mundo que, según su propio relato, seguía viviendo como en el siglo XIX a mitad del XX. Para los años 60, ya estaba casada, vivía en Vancouver, era ama de casa y, en un momento de insatisfacción, empezó a escribir relatos a la hora de la siesta de sus hijos. Vaya idea. Nacía así la gran escritora de relatos de nuestro tiempo.

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¿Qué es lo que hace reconocible los cuentos de Munro? Lo primero, la fragilidad, la sensación de que sus personajes están a punto de quebrarse en cualquier momento. Su tema, casi siempre, acaba por ser la ruptura. La ruptura con una vida aparentemente grata y rutinaria que tapa insatisfacciones casi inefables. El relato-tipo de Munro presenta a una mujer cuyas relaciones y su modo de estar en el mundo aparenta estar en equilibrio, hasta que algo se quiebra. No hay énfasis en esa manera de romper, la prosa es casi sintética. Pero la emoción es conmovedora.

En su último libro, ‘Mi vida querida’, por ejemplo, había un cuento que relataba la vida de una ama de casa que escribe en sus ratos libres, para sí misma, y a la que se le abre, de pronto, la puerta de poder llevar esos textos al mundo de la literatura. La oportunidad se la da un profesor universitario que se cruza en su camino, pero que, en realidad, pretende una aventura adúltera que terminará a un centímetro del desastre. Todos, claro, pensamos en la Munro de los años 60, aunque no es necesario el reclamo del desvelamiento para que el cuento se quedara clavado en la memoria.

El otro rasgo diferente de Alice Munro es la densidad psicológica. Es casi un tópico recordar la frase de algún editor que dijo que la escritora canadiense era la Chejov de nuestro tiempo. Pero algo hay. En ‘Demasiada felicidad’ se podía encontrar otro cuento que no tenía más historia que la de una viuda que abría la puerta y refugiaba a un asesino. Los dos personajes se trenzan y se retratan con precisión de cirujano.

Tenía que salir la comparación con Chejov. Algún lector también habrá pensado en los cuentos de Raymond Carver por la aparente distancia con la que la narradora relata los hechos. Munro, esquiva y un poco extraña en su mundo, suele decir que ella, en todo caso, viene de la tradición de escritoras americanas del siglo XX, de Carson McCullers y compañía.

¿Literatura de mujeres? Cada vez que una mujer gana el Nobel abordamos su relación con el hecho de ser mujer, cosa que no hacemos con los hombres. Pero es cierto que la experiencia de ser mujer y romper (de nuevo, romper) en un terreno de hombres, es uno de los grandes temas de Munro.

Aunque eso, en realidad, da bastante igual. “Lean los relatos viejos, hay muchos”, dijo Munro cuando se retiró. En total hay 14 libros y los que mejor conocen su obra (en España sólo se le tradujo del inglés a partir de 2007) dicen que los más remotos son los más valiosos: ‘Las lunas de Júpiter’, ‘Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio’…

Munro ya ha hablado en la radio pública canadiense la CBC. No ha dicho nada en particular, más que las clásicas muestras de incredulidad (“Esto es tan sorprendente y tan maravilloso”) y su sorpresa de que sea sólo la 14ª mujer que recibe el premio. Nada en particular, pero sólo escuchar su voz en la madrugada canadiense es igualmente emocionante.

Luis Alemany para El Mundo.es

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