La escritora mexicana Elena Poniatowska es la ganadora del Premio Cervantes de 2013, en cuyo palmarés sucede al poeta gaditano José Manuel Caballero Bonald. Poniatowska se convierte así en la cuarta mujer que entra en el palmarés del primer premio de la literatura en español, después de Dulce María Loynaz, María Zambrano y Ana María Matute.

Poniatowska es un caso singular en la literatura mexicana: nació en París, hija de una familia de nobles polacos huidos de los turbulencias políticas de la época. Sólo llegó a México y al idioma de su literatura (también el de su familia materna) cuando tenía siete años. Pasó la adolescencia en estados Unidos y llegó a la edad adulta con el equipaje de una princesa austrohúngara.

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Se nuestro patrono!

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Y con esa extraña presencia, Poniatowska debutó en la literatura con los relatos de ‘Lilus kikus’ (1954). “Todo en este libro es mágico”, dijo Juan Rulfo de aquel debut, que, como su primera novela, ‘Hasta no verte Jesús mío’, sólo es un presagio de lo que iba a significar su carrera. Fue el periodismo, dicen los cercanos a Poniatowska, el alimento que dio proteínas y nervio a la obra de la autora, el que evitó que sus relatos fueran las historias de una niña bien que se interesa por los pobres.

“Lo malo es quedarse mucho tiempo en el periodismo. Pero la verdad es que es difícil salirse de él. Después de que el periodismo lo pica a uno no es nada fácil librarse”, dijo en 2010 Poniatowska, que debutó en los medios con una larga serie de entrevistas que la acercaron a la tierra. Es el tópico casi confirmado de muchos escritores latinoamericanos: la extravagancia del día a día en el que viven mejora sus fantasías. ‘Amanecer en el Zócalo. El libro crónica ‘Los 50 días que confrontaron a México’ y su ensayo sobre Octavio Paz, ‘Octavio Paz: Las palabras del árbol’, son dos pruebas de ese realismo periodístico.

Y no sólo eso: cuando se leen novelas como ‘El tren pasa primero’ se reconocen técnicas propias del periodismo aplicados a asuntos historiográficos y a temas tan sociales como la injusticia, la moralidad, la colectividad… En aquellas páginas, la historia de la Revolución Mexicana aparecía contada desde la esquina de unos trabajadores ferroviarios en medio de la contienda. Quien haya leído cualquier novela de Aguilar Camín o ‘Los testigos’ de Juan Villoro, ya sabe de dónde les viene una parte, al menos, de la inspiración.

El nombre de Poniatowska, atractivo parta un jurado por la extensión de su carrera y por su posición atípica en la literatura latinoamericana (contemporánea al Boom pero ajena a su núcleo duro), no estaba entre los favoritos del Cervantes de este año. Si se atendía a la lógica de que este año tocaba un escritor latinoamericano y un narrador, los favoritos eran el argentino Ricardo Piglia y el nicaragüense Sergio Ramírez. Piglia, más intelectual; Ramírez, más poético. Poniatowska queda en medio, más pegada a la tierra.

LUIS ALEMANY para El Mundo.es

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