A las renuncias de Fernando Escalante, y Pablo Hiriart al diario La Razón, le siguieron sus columnistas Gil Games, Salvador Camarena y Elisa Alanis. Aplaudibles actos tanto de solidaridad como de congruencia.

Mientras tanto en la redacción de La Jornada se abre el Champagne y las latas de caviar.

A continuación sus columnas de despedida:

Se nuestro patrono!

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Hasta pronto, periodismo

Necesitamos empresarios que le apuesten al periodismo.Vivimos momentos de riesgo para la libertad de expresión. Son demasiados los intereses que acechan la palabra.

México no sólo es uno de los países más peligrosos para esta profesión debido a las amenazas del crimen. También existe un daño de baja intensidad, de intereses políticos y económicos que desvirtúan, poco a poco, la labor del reportero, del escritor, del conductor de noticiarios.

La censura se disfraza de moralina digna de “línea editorial” del siglo pasado. O puede ser francamente abierta, porque tal o cual político es “cliente”.

Es muy fácil, y políticamente correcto, justificar el control de contenidos. Es sencillo sosegar groserías, editar pezones, no reportar las ejecuciones que continúan, acallar la opinión y exigir sólo la lectura de noticias. Es mucho más complicado defender las libertades.

El periodismo no es propaganda ni publicidad. El periodismo es conflicto. El periodismo no es el salvador de la democracia, la patria, ni las buenas costumbres. El periodismo registra y cuestiona a “buenos” y “malos”.

Por ello, es momento de dirigir la mirada a lo fundamental, a nuestra Constitución. Poner como límite del ejercicio periodístico el respeto al derecho ajeno, garantizando las libertades. Respetar tratados internacionales, leyes, tesis judiciales, no calumniar, no difamar, no violar derechos humanos.

El 7 de abril del 2010, la primera sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió un amparo directo basado en un proyecto del ministro Arturo Zaldívar. Se controvertían el derecho a la libertad de expresión (Letras Libres) con los derechos al honor, reputación y vida privada (La Jornada). La Corte resolvió que la libertad de expresión goza de una posición preferencial frente a los otros derechos. Y que se deben proteger no sólo la sustancia de la información y las ideas, sino también la forma y tono en que se expresan.

En aquella ocasión, perdió La Jornada y ganó la libertad de expresión. Pero más allá del Estado de Derecho nos topamos con los dogmas, con la religión.

Más allá del marco legal corremos el peligro de llegar a la tierra de los militantes, los fanáticos, los intolerantes, los autoritarios, los textoservidores, los censores.

El meollo del asunto hoy en día no es sólo lo que se dice, sino lo que se deja de informar.

Ojalá los que vienen, los Slim, Maccise, Vargas, Garza, Arroyo, Junco, le entren al periodismo. Sí puede ser una fórmula exitosa.

Hace casi un mes me despedí de mi noticiario en TV. Hoy me despido de este espacio, de Razones y Pasiones.

La Razón: La censura, por presión de La Jornada, a los textos de Fernando Escalante. Que llevó a la renuncia de Pablo Hiriart y de excelentes plumas como la de Rafael “Gil Gamés” y Salvador Camarena.

La Pasión: Seguir en busca de espacios profesionales, de libertad.

Agradezco a Don Ramiro Garza y Ana Garza, a mis compañeros de La Razón, y sobre todo a los lectores. Hasta pronto.

Elisa Alanis

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No es el público, son nuestros medios

Hace tiempo que debo a Fernando Escalante un comentario a partir de algo que publicó en estas páginas. Cosas de la vida, nunca me imaginé que retomaría este tema en circunstancias como las que está pasando este diario. El 8 de enero de 2013, Escalante publicó en La Razón una columna titulada Es el público. El argumento central de ese texto era este:

“El nivel de nuestro periodismo corresponde exactamente al nivel de nuestro público. No tenemos lectores atentos, informados, exigentes, que, según la expresión de Claudio Lomnitz, ‘encuentren intolerable la mediocridad’. Por eso los periódicos pueden publicar cualquier cosa, y dedicarse básicamente al periodismo de grabadora, boletín y filtración, y encumbrar a auténticas nulidades. Es claro que a la larga todos perdemos con eso, porque la calidad de la conversación pública es lamentable, y resulta imposible incluso ponernos de acuerdo sobre los hechos. Todo es opinable, todo vago, indefinido. El problema es que los medios encuentran irresistible el inagotable margen de impunidad que ofrece ese gratis total de nuestros lectores. Y los políticos también, y el resto de nuestras elites, aunque tarde o temprano todos salgan perdiendo más de una vez”.

No puedo estar de acuerdo con Escalante porque él y muchos en este periódico durante años han trazado aquí una ruta contraria a la tesis de esa columna, un sendero que apostó por aportar elementos para ampliar la conversación pública, un diario que dio la espalda a los recursos fáciles y que evitó caer en la “irresistible” tentación del “inagotable margen de impunidad”.

Porque a La Razón se le puede acusar de militante, pero no de ocultar sus posturas. Buscaba lectores dispuestos a establecer una discusión, exponía argumentos y de buena gana se involucraba en las réplicas que provocaban sus coberturas y opiniones. A eso contribuyó Escalante, sin duda, pero justo es decir que eso ocurrió sobre todo por el talante de Pablo Hiriart, editor singular en nuestra prensa.

Hiriart, a quien nunca había visto a solas antes de que hace más de dos años me invitara a escribir esta columna, se caracteriza porque su agenda es inconfundible. Algo le parece, lo dice. Algo no, lo publica también. En parte por eso La Razón, con recursos mucho más modestos que grandes diarios de nuestro país, compitió sin complejos en los puestos de periódicos y destacó de igual a igual en coberturas locales, nacionales o internacionales.

No es el público, maestro Escalante, somos los periodistas los que debemos apostar por encontrar a los lectores que han huido de los medios que atinadamente usted calificó como conformistas. Porque hay públicos que no se merecen nuestros medios, y hay periodistas que a pesar de todo buscan competir mucho más allá del nivel de nuestro entorno. Si ese esfuerzo de periodistas con pundonor (que hay en muchos medios) persiste, habrá más público y mejores medios. Pero depende de nosotros.

Finalmente. Encuentro imposible mantenerme en La Razón luego de las razones esgrimidas por Pablo al dejar ayer la dirección. Poner límites a un director es condenarlo a fracasar. Hago votos para que Ramiro Garza Cantú y Ana Garza, a quienes agradezco sus atenciones, encuentren una solución adecuada que haga que este medio retenga a periodistas de calidad como los que hasta ahora han hecho posible La Razón, y hago votos para que ésta siga aportando al debate. Pero no será ya el diario de Pablo Hiriart, en el que con libertad y gusto colaboré hasta el día de hoy. Gracias a todos en la redacción, y sobre todo gracias a los lectores. Hasta la próxima.

Salvador Camarena

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La última y nos vamos

Repantigado en el mullido sillón de su amplísimo estudio, Gil leyó y releyó el artículo de Pablo Hiriart en el cual se despide de estas páginas y abandona la dirección del periódico. Diantres, farfulló Gamés, esto está que arde. O más bien ya ardió. La razón para dejar La Razón: “Me voy por la inaceptable influencia de la directora de otro periódico en la vida interna de La Razón, que trajo consecuencias indeseables”. Santos defensores de la libertad de expresión, Batman, pensó Gil, esto es un escándalo.

Dejen adivinar a Gilga: un periódico y una directora, mmm, esperen; Gamés se mordía la uña del índice de la mano izquierda (sí, la izquierda). ¡El Hijo del Ahuizote! Frío, frío. ¿Margarita Maza de Juárez? No, ella no era periodista. No pues la cosa está más difícil de lo que parecía. ¿Josefa Ortiz de Pinedo dirigía un periódico? Tampoco. Gil se concentró al máximo: ¿Catalina Creel? Para nada, ella era solamente una rica malvada.

Gil caminó por el amplísimo estudio con los dedos índice y pulgar en el nacimiento de la nariz. ¿No estaría refiriéndose Pablo Hiriart a La Jornada y a su directora Carmen Lira? Oh, no: las sales para Gil, a la brevedad. Qué soponcio. El periódico de la izquierda (esa izquierda) exigiendo censura en otro periódico para desvanecer a sus críticos. Muy bonito, muy bonito. Esto lo va a saber Francisco Zarco.

C’est inutile, no tienen remedio. ¿Por qué habrían de ser tolerantes en La Jornada si sus directivos constituyen una banda de fanáticos y sectarios? Para muestra este botón del chaleco del periodismo mexicano a la antigüita, el que se arreglaba en lo oscuro y lo húmedo, entre engaños y extorsiones.

La lectora y el lector leen la entrega 999 de esta página del fondo, la última de Gil Gamés en su periódico La Razón. Gil toma su finísima maleta de corte escocés (preciosa), mete en ella sus efectos personales y dice hasta la vista, baby. “Uno hasta el fondo” le debe la vida a Rubén Cortés, subdirector de La Razón, que un día le propuso a Gamés escribir a diario. Al final, algo del principio: Gamés nunca recibió de Hiriart ni una sola sugerencia para modificar alguna de sus 999 entregas; que dice Gil sugerencia, ni una sola insinuación de censura a lo largo de los años. No es poca cosa. Cada quién en su lugar y Dios en el de todos, ¿o cómo era?

“Uno hasta el fondo” cierra su página cada día con máximas, aforismos, líneas de autores que viven en el ático y que a partir de hoy quedan en libertad. La última y nos vamos, del gran escritor Lobo Antunes, un trozo de “Buenas noches a todos”: “Cuando el tren arranque no digas adiós porque te quedaste en el andén. Fue sólo tu pasado que se marchó, en el tercer o cuarto vagón de segunda clase, precisamente el que acaba de desaparecer en el túnel. Fue sólo tu pasado el que se marchó: se quedó tu presente”.

Ahora mal: entre que son persas y son manzanas, ¿o cómo era?, los viernes de amigos verdaderos son sagrados. Gil esperará a los camareros dos días (vienen de muy lejos) hasta que se les pueda otear (gran verbo) en el horizonte con sus charolas soportando botellas de Glenfiddich 15. Y bien: Gil pasa a retirarse al amplísimo estudio. El último apaga la luz y revisa que no queden abiertas las hornillas de la estufa. ¿Estamos?

Gil s’en va

Gil Gamés

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