En el diario El Pais de España, el critico de cine Javier Ocaña dice que la opera prima de Eugenio Derbez es vomitiva, entre otros calificativos.

“Una mujer se levanta de la cama tras una noche de sexo con el protagonista y dice: “¡Ay, tengo que irme, me acabo de acordar de que tengo cita con el médico. Tengo mal… ¡la próstata!”. “Pero si las mujeres no tenéis próstata”, contesta el tipo. “¡Por eso tengo que ir al médico!”. Perdonen si están a punto de vomitar, pero ese es el nivel de No se aceptan devoluciones”

A continuación la critica completa:

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La han visto más de 25 millones de espectadores y ha recaudado 44 millones de dólares solo en EE UU, con lo que se ha convertido en la película latina más taquillera de la historia, por delante de El laberinto del fauno. Expuestos los datos, obligados, vamos a la crítica.

Una mujer se levanta de la cama tras una noche de sexo con el protagonista y dice: “¡Ay, tengo que irme, me acabo de acordar de que tengo cita con el médico. Tengo mal… ¡la próstata!”. “Pero si las mujeres no tenéis próstata”, contesta el tipo. “¡Por eso tengo que ir al médico!”. Perdonen si están a punto de vomitar, pero ese es el nivel de No se aceptan devoluciones. Es solo un ejemplo entre decenas así. De modo que si les hizo gracia el chiste, quizá les guste la película, producida, escrita, dirigida y protagonizada por el mexicano Eugenio Derbez, influyente estrella de la televisión para el público latino de Estados Unidos, que debuta con ella en el largometraje, una comedia familiar con toques de melodrama, formalmente cochambrosa y éticamente despreciable, de esas que buscan la lágrima fácil a costa de lo más rastrero.

Cuentan que la película está inspirada en Kramer contra Kramer, pero comparar la obra de Robert Benton con semejante despropósito simplemente duele, porque, en todo caso, lo que más parece es una versión cutre de esas penosas comedias familiares comandadas por Adam Sandler o Jim Carrey. Zafia cuando quiere ser irónica; cursi cuando quiere ser emocionante; de una factura técnica atroz y elefantiásica en su metraje, No se aceptan devoluciones apela al valor del cariño por encima de cualquier defecto en la educación de los niños, a través de los desvaríos de un ligón profesional, una especie de Cantinflas sin gracia al que hay que soportar como sex symbol, que debe hacerse cargo de una hija de la que desconocía su existencia.

Un trabajo sin dominio alguno del tempo del gag que, aunque maldita la gracia que tiene, no iría más allá si no fuera por su lastimoso desenlace, con el que juega a detectives en materias con las que, de jugar, hay que hacerlo con infinito más talento.

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