El historiador Enrique Krauze le responde a Lopez Obrador, luego que este criticara su articulo en Reforma sobre el dictador Porfirio Diaz.

Texto completo:

Tras la lectura de mi artículo  “Vindicación de Porfirio Díaz” (Reforma, 5 de julio de 2015), Andrés Manuel López Obrador escribió en su cuenta de Facebook que si bien “no tiene ganas de polemizar” conmigo, no podía “quedarse callado” ante mi “exaltación” de Díaz, sobre todo en relación con este párrafo:

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Se nuestro patrono!

.

“Por lo que hace a su saldo de sangre, Porfirio Díaz no fue, ni remotamente, el mayor asesino de nuestra historia. Los crímenes que refieren J. K. Turner y otros críticos (Valle Nacional, ‘Mátalos en caliente’, Río Blanco, Tomóchic) son ciertos y deplorables, pero la medalla de oro en esa práctica no la tiene Porfirio Díaz sino el otro Díaz de nuestra historia reciente (Ordaz), varios caudillos de la Revolución y los presidentes sonorenses. Frente a la matanza de chinos en Torreón, las barbaridades de Villa, los fusilamientos de todas las facciones, la Cristiada, Topilejo y Tlatelolco, Porfirio Díaz fue, casi, un alma de la caridad.

Escribe López Obrador:

“Es lamentable que un historiador como Krauze olvide, ni lo menciona, el exterminio de yaquis y mayas durante el porfiriato, con el infame y descarado propósito de arrebatarles sus tierras y sus aguas.

El gobernador de Sonora de aquel entonces, Luis E. Torres, reconoció que habían muerto en la guerra contra los yaquis quince mil indígenas, sin considerar a las miles de familias deportadas para trabajar como esclavos en las haciendas azucareras, tabacaleras y henequeneras del sureste.

Krauze es inteligente pero se obnubila porque tiene demasiada vocación conservadora”.

Yo tampoco tengo ganas de polemizar con Andrés Manuel López Obrador pero creo que es importante señalar algunas distorsiones que advierto en su nota. No “exalté” a Díaz y menos “olvidé” el horror cometido contra yaquis y mayas. Está implícito en mi referencia al libro de John Kenneth Turner que aborda esos crímenes, que califico como “ciertos y deplorables”. López Obrador cree que me refuta aludiendo a la guerra contra los yaquis. Comete un error.

Las declaraciones de Luis E. Torres que menciona AMLO no son como las cita.

En una entrevista[1] concedida por Torres al periodista Elisha Hollingsworth Talbot, este le refiere las afirmaciones de un escritor (quizá el propio Turner) sobre los “miles de soldados y decenas de miles de yaquis que han muerto en combate”. Torres lo refuta: “No más de 1,500 yaquis y 200 soldados han muerto en las varias batallas que han ocurrido…”

La muerte de aquellos 1,500 yaquis que defendían su tierra, sus aguas y sus costumbres fue cierta y deplorable (como las deportaciones a Yucatán) pero los muertos no fueron 15,000 sino 1,500. Un historiador no solo lee libros de historia: coteja las fuentes.

El propósito de mi párrafo –que AMLO, convenientemente, elude– era comparar los crímenes del Porfiriato con los de los tiempos posteriores. ¿Cuántos mexicanos murieron en la Revolución por efecto de la violencia? Nadie lo sabe, pero la diferencia entre los censos de 1910 y 1921 fue de 825,589.[2] Descontando la emigración a Estados Unidos y la gente que murió por hambre y enfermedades (tifo, influenza española), la cifra de muertes violentas puede aproximarse a los 250,000.[3] ¿Cuántos chinos fueron masacrados el 15 de mayo de 1911 en Torreón? Oficialmente 303.[4] ¿Cuántos murieron en la Rebelión Delahuertista de 1924? Siete mil.[5] ¿Cuántos murieron en la Cristiada (movimiento iniciado por Calles)? Entre 25 mil y 30 mil cristeros y 50,000 federales.[6] ¿Cuántos vasconcelistas fueron ejecutados en Topilejo? Quizá un centenar.[7] ¿Cuántos estudiantes murieron en Tlatelolco? Quizá 300.[8]

Si Díaz fue implacable con los yaquis, no lo fueron menos los gobiernos revolucionarios de Obregón y Calles. Entre octubre de 1926 y abril de 1927, convencido de que se abría “una brillante oportunidad para acabar con una vergüenza para Sonora” (frase de Obregón), el gobierno de Calles envió 15,000 hombres a arrasar a los yaquis a quienes bombardeó (usando gases) con aviones de la Fuerza Aérea Mexicana.[9]

Y si Díaz fue implacable con los indígenas sublevados, Benito Juárez –al que López Obrador y muchos mexicanos admiramos– no lo fue menos. En 1868, Juárez reprimió a los indios mayos de Sonora (lo apoyó el legendario jefe yaqui Cajeme). Años más tarde, el gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada encomendó al general Ignacio Pesqueira la represión de mayos y yaquis, ya unidos y comandados por el propio Cajeme (que había vuelto a sus raíces).[10] Y frente a la rebelión maya en Chiapas, Juárez actuó con igual dureza: en 1869, cerca de 800 indígenas tzeltales y tzotziles y 200 blancos y mestizos murieron en una guerra de tintes raciales y religiosos.[11]

Porfirio Díaz hizo correr sangre. Pero no tanta como muchos caudillos y gobernantes que pertenecen al Panteón Nacional.

Para López Obrador, todo aquel que no comulga con su visión es “conservador”. En su vocabulario político no existe la palabra liberal.

López Obrador es un político inteligente pero un mal historiador.

( Publicado en Letras Libres. Se reproduce en Expectaculos sin autorización del autor)

[1]“The truth about Mexico”, Moody’s Magazine, January 1910, p. 23.

[2]INEGI, Estados Unidos Mexicanos. Cien años de censos de población, Aguascalientes, 1996, p. 68.

[3]Jean Meyer, La Revolución Mejicana, Dopesa, Barcelona, 1973, p. 80.

[4]Julián Herbert (“La casa de Lim”, Letras Libres, junio de 2015).

[5]Jean Meyer, op. cit., p. 119.

[6]Jean Meyer, La Cristiada, tomo 3, Siglo XXI Editores, 17ª edición, México, 2003, p. 266.

[7]Alfonso Taracena, La verdadera Revolución Mexicana. Decimasexta etapa (1930). La tragedia vasconcelista, México, 1960, p. 48.

[8]Octavio Paz considera la cifra más probable la de 325,citando la “investigación cuidadosa” del diario inglés The Guardian. Octavio Paz, Posdata, Siglo XXI Editores, México, 1970, p.38.

[9]JeanMeyer, Historia de la Revolución Mexicana, 1924-1928, Estado y sociedad con Calles, El Colegio de México, 1977, pp. 130-131.

[10]Luis González y González, El Indio en la era liberal, Clío, México, 1996, pp.221-225.

[11]Ibid., pp.283-288.

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